Hay quienes nacen como las calabazas…

Como las calabazas será el foro para la manifestación más auténtica de la idiosincrasia puertorriqueña del Siglo XXI. Desde el morbo, la hostilidad y el sarcasmo hasta el humor pelón y el cariño adulador y lisonjero, no se perderá nada. Tampoco habrá mentira, crítica o ficción literaria reciclada que desmienta la misión de este nuevo proyecto: revelar la realidad y convertirla en instrumento amplificador de capital cultural.

En este mundo donde hay ricos y pobres, locos e infelices, muchos piensan que para sobrevivir es necesario escoger un bando. No. La fluidez de nuestra existencia trasciende y se puntualiza en cuán hábilmente podemos permear entre las membranas estereotipadas sin rayar en la hipocresía. Para aquellos que comprenden este principio y lo consideran, y consideran que la felicidad no es una meta ni un pico que alcanzar sino un estado anímico que se extiende y persiste. Felicidad corre paralela con el parpadeo de nuestros ojos. Para quienes comprenden que hay quienes nacen como las calabazas, pero no se detienen y por eso viven y felisean y pelean hasta que la memoria se los permite porque saben y sufren que claudicar nunca es alternativa. Para ellos, el blog que leen.

Anuncios

Apología de una mala estudiante

No voy a clase. Me encanta ir a escuchar a los profesores. Me encanta hacer listas, imprimir calendarios, llevar una espectacular agenda.

El problema es recordar todos los días que debo mirarla.

Olvido desayunar. Solo sé que debo ir por el café, salir rápido de mi casa y llegar a la Universidad.

¿Qué día es? ¿Qué clases tengo hoy? ¿Qué debía leer?

Soy muy rigurosa con cómo me expreso, qué cosas digo.

Llevo un diario. Un diario contemporáneo. Escribo de cuando en vez. Me gustaría hacerlo todos los días. Con hyperlinks y mucha cuestión tecnológica, todo lo que hago se registra. No sé si es para cuentos de horror en un futuro virtualmente panóptico, —y que me excusen los sociólogos si ya tenemos término para lo que me refiero, o para que disfruten mis nietos explorando quién fui, al menos quién intentaba ser. Dejar una pista. una forma de apología escondida, pues siempre quise y parece que nunca pude.

Escribir para todos. Nunca se ha leído lo suficiente para ese atrevimiento. Jamás. Solo para mí. Regresar a un punto de encuentro, conmigo misma. Con mis pasados y mis futuros.

Bocanda de aire.

Confesionario

Rant incompleto para San Agustín.

Leer a San Agustín es extenuante. En cada frase es posible percibir, más que la preocupación, el dejar la vida en el intento de agradar a Dios, como claramente lo expone al confesar sus pecados en el quinto capítulo:

¿No es verdad, Dios mío, que habiéndoos confesado yo mis culpas y acusándome a mí mismo, Vos ya habéis perdonado las impiedades de mi corazón? No alego esto con ánimo de entrar a juicio con Vos, que sois la suma Verdad; pues no quiero engañarme a mí mismo lisonjeándome de ser justo; no sea que entonces se verifique en mí que mi propia iniquidad mintió y se engañó a sí misma. No quiero, pues, entrar en juicio con Vos; porque si Vos, Señor, atendéis a todas nuestras culpas, ¿quién podrá comparecer en vuestra presencia? (24).

Dios, que en mi pensar cuasi posmoderno, es el constructo literario de mayor relevancia en la historia de la humanidad, de quien, se ha registrado comunicarse de manera abstracta y ocasional y quienes así lo han descrito, pareciesen experimentar síntomas positivos esquizoides. Pero, precisamente, en esa transmisión extenuante de sus preocupaciones delirantes, es donde radica la importancia literaria de su obra y se evidencia la profundidad de su pensamiento ratificándolo como máxima autoridad de la época. El obispo de Hipona, quien se rige por el lema Credo ut intelligant (Creo para poder entender y entiendo para creer)—oso en enunciar— redactó estas confesiones con la finalidad de organizar lo desordenado de su pensamiento, pues dentro de la fe cristiana, hay cabos sueltos que suelen sembrar dudas en los pechos de aquellos más creyentes. Sin embargo, San Agustín, quién era versado, comenzaba cada uno de sus argumentos con la creencia de la divinidad como ente superior. Esto él mismo consideraba, era el primer paso para permitirse escuchar a Dios. Decía que la oración no era un ejercicio donde se le imploraba a Dios, sino un medio por el que se interpelaba y era Dios quien intentaba comunicarse. Para esto, San Agustín afirma que se debe ser humilde, y es la humildad la cualidad que nos provee los corazones contritos a los que Dios, se acerca únicamente para  así guardar sus (nuestras) miserias en “Su” corazón.

Reconozco el contexto histórico al que se circunscribe este gran texto: el Siglo V d.C., no obstante, me asedia mi pensar sincrético cuasi posmoderno-pragmático-feminista y cuestiono: ¿no son precisamente, aquellos que no poseen corazones contritos quienes sufren la verdadera miseria que debe ser aplacada por el perdón de Dios? En mi pensar resuena que la mentalidad del Obispo de Hipona es pragmática.  Sí, pero un pragmatismo dirigido a que toda reflexión debe centrarse en lo ortodoxo del cristianismo; en Dios como autor y merecedor de todo lo que acontece en el mundo de los vivos:

¿Quién sino Vos, Dios mío, había de ser el autor de una tal criatura? ¿Por ventura puede alguno ser la causa o artífice de sí mismo?, ¿o hay algún otro conducto por donde se nos comunique el ser y la vida fuera de Vos, que nos hacéis y formáis, y en quien el ser y el vivir no son dos cosas realmente distintas, sino que Vos mismo sois la suma vida y el sumo ser? (26).

Pero, somos nosotros, los vivos, quienes decidimos alejarnos de “Él”, pues al ser Él nuestro creador, es nuestro origen, y regresar a Él, viviendo por la “esperanza de su misericordia”, en el intento de alcanzar la eternidad, sufriendo nuestra frágil mortalidad son los ideales de la verdadera “felicidad” de aquella que ose llamarse la comunidad cristiana. San Agustín más que cuestionar, interpela recatadamente lo inverosímil de ser la cavidad absoluta en el todo y tener posesión total de todo de manera paralela:

Pues si yo también existo y tengo ser, ¿para qué os suplico que vengáis a mí, no pudiendo yo existir ni tener ser si no estuvierais ya en mí? En todas partes estáis, y aun en el infierno, donde yo no estoy; pues como dice David, aunque bajara al infierno, allí os hallara también (22).

Ahora bien, si Él está en todas las cosas existentes y a su vez, vive dentro de cada uno de nosotros; ¿cómo es que la comunidad cristiana, aun no es no es poseedora de esa aclamada eternidad? Consideremos que la eternidad es una expansión precisamente inmensurable por su infinitud, por tanto, debe ocuparlo todo y al ocuparlo todo sin regulaciones de medidas temporales o espaciales y aun así no es poseída, pues es, incuestionablemente, imposible de alcanzarse. Y vive el cristiano, en el sueño de algún día disfrutarla y “los sueños, sueños son”, ¿no?

Ahora bien, San Agustín vive consternado, lleno de preguntas que se responde a sí mismo. Pareciese que vive agradecido y este sentimiento de gratitud lo lleva a escribir en un estado alterno de alma. Agradece su conversión, su regreso a Dios y señala la importancia de su madre, Santa Mónica, pues fue una mujer que vivió por sus ideales cristianos donde la misericordia, el perdón y la humildad fueron sus más grandes atributos. San Agustín le atribuye y le adjudica todo a Dios: “Señor Dios, nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”, “Me tocaste y sentí tu paz” y condena la vanidad, los juegos que lo alejaron del estudio, por mencionar algunos, y además reflexiona sobre el orden en los ejercicios de conocer/creer e invocar a Dios.

Mas ¿cómo os han de invocar, sin haber antes creído en Vos?, y ¿cómo han de creer si no han tenido quién les predique y les dé conocimiento de Vos? Pero también es cierto que alabarán los que le buscan: porque los que le busquen, le hallarán, y luego que le hallen, le alabarán (22).

Entretanto, hay enunciados que me parecen un tanto irónicos, por ejemplo; el sufrir cómo ejercicio que se agudiza mientras te acercas a Dios, pero a su vez, el acercarte a Dios, lo hará de alguna manera u otra más llevadero. Por ejemplo, en el capítulo VII del Cuarto Libro:

Porque sólo está libre de perder a ninguno de sus amados quien los ama a todos en aquél que nunca puede perderse ni faltar. ¿Y quién es éste sino nuestro Dios, y un Dios que hizo el cielo y la tierra, y que llena tierra y cielo, porque llenándolos los creó? (79).

Finalmente, se debe resaltar cuánto San Agustín amaba a Dios y exhortaba que todo cristiano arrastrase hacia Él cuantos pudiera y alude a la comunión de los bienes como el ideal de la comunidad cristiana. Esta comunión de bienes pareciese consistía en una especie de ejercicio donde se buscaba practicar el socialismo como filosofía de vida y no como sistema de gobierno político-económico:

Muchos amigos, que en nuestras conversaciones abominábamos las inquietudes y molestias de la vida humana, habíamos premeditado y casi resuelto ya el vivir apartados del bullicio de las gentes en un ocio tranquilo, lo cual habíamos trazado de tal suerte, que todo lo que tuviésemos o pudiésemos tener lo habíamos de juntar y hacer de todos nuestros haberes una hacienda y masa común a todos nosotros, de modo que, en fuerza de una sincera amistad, no fuese una cosa de éste y otra de aquél, sino que de todos nuestros bienes se hiciese un cúmulo y todo él fuese de cada uno, y todas las cosas fuesen comunes a todos (125).

Como mencioné antes, la importancia literaria de toda su obra radica en la espontaneidad y la honestidad con la que este clérigo expone sus defectos. A pesar de ser considerado la máxima autoridad de la época, la pasión con la que profesaba su amor fervoroso y sumiso a Dios le atribuía que se le respetase y aun se le respete incuestionablemente. Al final de todo, sería increíblemente delusorio y decepcionante, encontrarlo en un sepulcro en llamas en el sexto círculo del infierno.

Trabajos citados

Agustín, e Ismael Quiles. Confesiones. Madrid: Espasa-Calpe, 1985. Impreso.

Humanidades 1.0

¿Ridículo el suicidio por amor? Me pregunto al enterarme de la trágica consecución del amor malogrado entre Dido y Eneas. La historia es demasiado dramática: la gloria que espera a Eneas en la realización de su divino destino y la ridícula anulación de Dido por negarse a aceptar que no todo “se tiene a la mano”. Quizá, esta forma de condenarlos evidencia cómo llevo en la psiquis la expresión más viva de la Modernidad líquida: lo que no me place, se desecha. Hay que despreocuparse, porque seguramente, en la amplia gama de individuos que viven sobre la faz de la tierra y los tantos otros que atraviesan los tiempos eternamente, encuentre a alguien más con quien compartir lo que se me antoje. Sí, porque el amor o la compatibilidad —que en términos mercantiles, es mejor apuesta— no debe reducirse a solo un ente definido, ¿no? Esta mentalidad, socava la idealización de lo romántico-enloquecedor por lo que, figuradamente, se da la vida. Pero en mi cabeza sigue retumbando: Virgilio, ¿por qué Dido la ‘infelix’ y Eneas el gallardo?, y aun rabiosa, intento distraerme porque sé que debo ignorar los discursos en contra del patriarcado y el falocentrismo que alguna vez conocí por Fernando Mires y su revolución feminista. Mas, la amplitud de este eco se hace más fuerte, como si partiera del occipucio y respondiera: sigue siendo patético.

Creo que el problema radica en el estar convencida de que el ‘patetismo’ suele ser más que el adjetivo, el mantra de los burdos que se dejan arrastrar por las banalidades de compartir la saliva y los desánimos de la cotidianidad. Aún así, lo lírico de la narrativa y la épica del relato me levantan de la silla y hace que eleve los brazos mientras sin pudor alguno, leo en voz alta los versos de una de las historias-madre para vanagloriar los héroes. El héroe —y no la heroína— es el individuo invencible y despiadadamente cruel con los otros, pues encontrarse con el destino insigne requiere inhumana gallardía, y a las mujeres, pues nos gana el maternalismo o nos suicidamos por algún otro.

Pero me consuela saber que la poesía será siempre hermosa cuando prorrumpe vidas llenas de sombras y conoce solo de falsos amores. Es innegable, esos versos son de valor incalculable. Eso debe ser bien sabido y nos evitaríamos uno que otro suicidio pero también uno que otro clásico de la Literatura.

“Bonito día”

La vida está en el sol de las tardes, en el café de las mañanas y en la ternura de aquellos que no se aman. Las caminatas largas, las conversaciones triviales, las mentiras que nos asechan, el fin inevitable. ¿Qué compartimos? Un corto intervalo en el tiempo de nuestras vidas, jugando al afecto, llenando espacios lacerados por la realidad intangible del deseo indeseable de haber sufrido la falta de libertad con otros nuestros, ya nuestros otros. Nuestros otros, que aun pretenden que paguemos con nuestra libertad pecados que nunca gozamos.

La tarde quiso ser una perfecta, mas cuando el mundo es de papel y el horizonte una pared sin alcázares, las cartas silvestres deben quemarse.

Disfruto, compañero

La libertad de tu compañía, el café que compartimos y los fantasmas. La frase que todos dicen, pero no es de nadie. El éxito, el futuro y sus amenazas. Las cartas sin remitentes, peligrosas. Las sábanas que se quedan con pedacitos de ti. La muerte chiquita, y en hilo el alma que cae al abismo y se recoge en el beso que quema pero no nos confunde. 

Y tú, ¿ya te vas? No, ¿por qué te  vas?

IV

Quiero mostrarte cómo contener una pasión huracanada en un corazón de Murano. La búsqueda del ojo en llamas que da forma a la bola de cristal donde te miras, hará de tus pupilas dos esferas encolerizadas en caída libre hacia la embriaguez del beso narcótico. Quiero que te consuma la sed de beberse entero de un apretón y un respiro, y de tocarte, y no hacerlo en la escapada de las mordidas, las violentas caricias y el juego de cariños ingenuos, mal intencionado pero exquisito. Y me miras, me miras contenerme, pero en la contención de este ciclón ardiente, nos fundimos: se entrelazan, no los dedos con los que te sujeto en el intento de no serenarme, sino los deseos de reventarte en espejos y seguirte mirándome encendiéndome de delirio.

Eso quiero.

Rant 1

¿Qué hago? ¿Qué estoy haciendo?

Me parece, ¿qué me parece? ¿Escribir como pienso? Sería difundir caos donde quiera que pise. Mostrar tanto amor bajo el ejercicio inquebrantable y el precio inevitable de odiar y ser odiada. Tengo un corazón remendado y ando agujereando otros buscando tejidos con los que pueda arreglar las suturas temporeras. A veces son tan pero tan molestas y estoy tan absorta que decido arrancar cada punto como las musarañas en su punitiva condición de roedores voraces; royendo, masticando incansablemente hasta encontrar el cacho de veneno que las ultima. Voracidad por ultimar el sufrimiento de padecer la hambruna del alma: mi espontaneidad suicida… Instintiva.

Ando buscando, mediante la ciencia más pura, las razones, para justificar los problemas, más que para descubrir soluciones. ¿Acaso es la forma correcta de andar en busca de resultados razonables? “Vivir atormentada de sentido”, definitivamente la parte más pesada. Debo dejar de cavilar, de embriagarme extasiándome entre la llaneza de las letras y comenzar a narrar qué ocurre, que está ocurriendo.

En otros rostros me he reencontrado, todo este tiempo había desistido de ser quien deseaba, ¿o en realidad ahora estoy comenzando a desistir? “Tus traiciones, mis enigmas”. Definitivamente, las traiciones –las tuyas- siembran nuestros más temidos, oscuros e indescifrables entresijos. Debo dejar de cavilar y comenzar a narrar. Abandonar el ejercicio de planificar y comenzar a actuar, así lo percibo.

¿Por qué? Porque necesito desistir del desvelo de no poder escribir, reescribir, recordar, resentir lo vivido para comenzar a desvelarme escribiendo, enfrentando a esa otra que no miro cuando doy la espalda al espejo. No para ti. Para mí. Lo que yo quiero. Lo que me venga en gana, como me dé la gana, en mi registro y no precisamente en el más exquisito. Comencemos a articular, las cavilaciones siempre serán más fáciles que el relato, que la puesta en palabra de lo ocurrido; de lo cuestionable, de lo dudosamente incierto por las perspectivas que divergen en la apreciación del asunto, el asunto nuestro. Debo desistir de cavilar, desistir de la espontaneidad suicida que asesina mis deseos de mantener los pies sobre este mundo sanguinario. Cavilar me aparta de lo concreto, se nutre despegándose de la realidad que estamos obligados a compartir y me arrincona a la real  que solo comparto a voluntad con quienes odio y embeleso a morir.