Hay quienes nacen como las calabazas…

Como las calabazas será el foro para la manifestación más auténtica de la idiosincrasia puertorriqueña del Siglo XXI. Desde el morbo, la hostilidad y el sarcasmo hasta el humor pelón y el cariño adulador y lisonjero, no se perderá nada. Tampoco habrá mentira, crítica o ficción literaria reciclada que desmienta la misión de este nuevo proyecto: revelar la realidad y convertirla en instrumento amplificador de capital cultural.

En este mundo donde hay ricos y pobres, locos e infelices, muchos piensan que para sobrevivir es necesario escoger un bando. No. La fluidez de nuestra existencia trasciende y se puntualiza en cuán hábilmente podemos permear entre las membranas estereotipadas sin rayar en la hipocresía. Para aquellos que comprenden este principio y lo consideran, y consideran que la felicidad no es una meta ni un pico que alcanzar sino un estado anímico que se extiende y persiste. Felicidad corre paralela con el parpadeo de nuestros ojos. Para quienes comprenden que hay quienes nacen como las calabazas, pero no se detienen y por eso viven y felisean y pelean hasta que la memoria se los permite porque saben y sufren que claudicar nunca es alternativa. Para ellos, el blog que leen.

Confesionario

Rant incompleto para San Agustín.

Leer a San Agustín es extenuante. En cada frase es posible percibir, más que la preocupación, el dejar la vida en el intento de agradar a Dios, como claramente lo expone al confesar sus pecados en el quinto capítulo:

¿No es verdad, Dios mío, que habiéndoos confesado yo mis culpas y acusándome a mí mismo, Vos ya habéis perdonado las impiedades de mi corazón? No alego esto con ánimo de entrar a juicio con Vos, que sois la suma Verdad; pues no quiero engañarme a mí mismo lisonjeándome de ser justo; no sea que entonces se verifique en mí que mi propia iniquidad mintió y se engañó a sí misma. No quiero, pues, entrar en juicio con Vos; porque si Vos, Señor, atendéis a todas nuestras culpas, ¿quién podrá comparecer en vuestra presencia? (24).

Dios, que en mi pensar cuasi posmoderno, es el constructo literario de mayor relevancia en la historia de la humanidad, de quien, se ha registrado comunicarse de manera abstracta y ocasional y quienes así lo han descrito, pareciesen experimentar síntomas positivos esquizoides. Pero, precisamente, en esa transmisión extenuante de sus preocupaciones delirantes, es donde radica la importancia literaria de su obra y se evidencia la profundidad de su pensamiento ratificándolo como máxima autoridad de la época. El obispo de Hipona, quien se rige por el lema Credo ut intelligant (Creo para poder entender y entiendo para creer)—oso en enunciar— redactó estas confesiones con la finalidad de organizar lo desordenado de su pensamiento, pues dentro de la fe cristiana, hay cabos sueltos que suelen sembrar dudas en los pechos de aquellos más creyentes. Sin embargo, San Agustín, quién era versado, comenzaba cada uno de sus argumentos con la creencia de la divinidad como ente superior. Esto él mismo consideraba, era el primer paso para permitirse escuchar a Dios. Decía que la oración no era un ejercicio donde se le imploraba a Dios, sino un medio por el que se interpelaba y era Dios quien intentaba comunicarse. Para esto, San Agustín afirma que se debe ser humilde, y es la humildad la cualidad que nos provee los corazones contritos a los que Dios, se acerca únicamente para  así guardar sus (nuestras) miserias en “Su” corazón.

Reconozco el contexto histórico al que se circunscribe este gran texto: el Siglo V d.C., no obstante, me asedia mi pensar sincrético cuasi posmoderno-pragmático-feminista y cuestiono: ¿no son precisamente, aquellos que no poseen corazones contritos quienes sufren la verdadera miseria que debe ser aplacada por el perdón de Dios? En mi pensar resuena que la mentalidad del Obispo de Hipona es pragmática.  Sí, pero un pragmatismo dirigido a que toda reflexión debe centrarse en lo ortodoxo del cristianismo; en Dios como autor y merecedor de todo lo que acontece en el mundo de los vivos:

¿Quién sino Vos, Dios mío, había de ser el autor de una tal criatura? ¿Por ventura puede alguno ser la causa o artífice de sí mismo?, ¿o hay algún otro conducto por donde se nos comunique el ser y la vida fuera de Vos, que nos hacéis y formáis, y en quien el ser y el vivir no son dos cosas realmente distintas, sino que Vos mismo sois la suma vida y el sumo ser? (26).

Pero, somos nosotros, los vivos, quienes decidimos alejarnos de “Él”, pues al ser Él nuestro creador, es nuestro origen, y regresar a Él, viviendo por la “esperanza de su misericordia”, en el intento de alcanzar la eternidad, sufriendo nuestra frágil mortalidad son los ideales de la verdadera “felicidad” de aquella que ose llamarse la comunidad cristiana. San Agustín más que cuestionar, interpela recatadamente lo inverosímil de ser la cavidad absoluta en el todo y tener posesión total de todo de manera paralela:

Pues si yo también existo y tengo ser, ¿para qué os suplico que vengáis a mí, no pudiendo yo existir ni tener ser si no estuvierais ya en mí? En todas partes estáis, y aun en el infierno, donde yo no estoy; pues como dice David, aunque bajara al infierno, allí os hallara también (22).

Ahora bien, si Él está en todas las cosas existentes y a su vez, vive dentro de cada uno de nosotros; ¿cómo es que la comunidad cristiana, aun no es no es poseedora de esa aclamada eternidad? Consideremos que la eternidad es una expansión precisamente inmensurable por su infinitud, por tanto, debe ocuparlo todo y al ocuparlo todo sin regulaciones de medidas temporales o espaciales y aun así no es poseída, pues es, incuestionablemente, imposible de alcanzarse. Y vive el cristiano, en el sueño de algún día disfrutarla y “los sueños, sueños son”, ¿no?

Ahora bien, San Agustín vive consternado, lleno de preguntas que se responde a sí mismo. Pareciese que vive agradecido y este sentimiento de gratitud lo lleva a escribir en un estado alterno de alma. Agradece su conversión, su regreso a Dios y señala la importancia de su madre, Santa Mónica, pues fue una mujer que vivió por sus ideales cristianos donde la misericordia, el perdón y la humildad fueron sus más grandes atributos. San Agustín le atribuye y le adjudica todo a Dios: “Señor Dios, nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”, “Me tocaste y sentí tu paz” y condena la vanidad, los juegos que lo alejaron del estudio, por mencionar algunos, y además reflexiona sobre el orden en los ejercicios de conocer/creer e invocar a Dios.

Mas ¿cómo os han de invocar, sin haber antes creído en Vos?, y ¿cómo han de creer si no han tenido quién les predique y les dé conocimiento de Vos? Pero también es cierto que alabarán los que le buscan: porque los que le busquen, le hallarán, y luego que le hallen, le alabarán (22).

Entretanto, hay enunciados que me parecen un tanto irónicos, por ejemplo; el sufrir cómo ejercicio que se agudiza mientras te acercas a Dios, pero a su vez, el acercarte a Dios, lo hará de alguna manera u otra más llevadero. Por ejemplo, en el capítulo VII del Cuarto Libro:

Porque sólo está libre de perder a ninguno de sus amados quien los ama a todos en aquél que nunca puede perderse ni faltar. ¿Y quién es éste sino nuestro Dios, y un Dios que hizo el cielo y la tierra, y que llena tierra y cielo, porque llenándolos los creó? (79).

Finalmente, se debe resaltar cuánto San Agustín amaba a Dios y exhortaba que todo cristiano arrastrase hacia Él cuantos pudiera y alude a la comunión de los bienes como el ideal de la comunidad cristiana. Esta comunión de bienes pareciese consistía en una especie de ejercicio donde se buscaba practicar el socialismo como filosofía de vida y no como sistema de gobierno político-económico:

Muchos amigos, que en nuestras conversaciones abominábamos las inquietudes y molestias de la vida humana, habíamos premeditado y casi resuelto ya el vivir apartados del bullicio de las gentes en un ocio tranquilo, lo cual habíamos trazado de tal suerte, que todo lo que tuviésemos o pudiésemos tener lo habíamos de juntar y hacer de todos nuestros haberes una hacienda y masa común a todos nosotros, de modo que, en fuerza de una sincera amistad, no fuese una cosa de éste y otra de aquél, sino que de todos nuestros bienes se hiciese un cúmulo y todo él fuese de cada uno, y todas las cosas fuesen comunes a todos (125).

Como mencioné antes, la importancia literaria de toda su obra radica en la espontaneidad y la honestidad con la que este clérigo expone sus defectos. A pesar de ser considerado la máxima autoridad de la época, la pasión con la que profesaba su amor fervoroso y sumiso a Dios le atribuía que se le respetase y aun se le respete incuestionablemente. Al final de todo, sería increíblemente delusorio y decepcionante, encontrarlo en un sepulcro en llamas en el sexto círculo del infierno.

Trabajos citados

Agustín, e Ismael Quiles. Confesiones. Madrid: Espasa-Calpe, 1985. Impreso.

Humanidades 1.0

¿Ridículo el suicidio por amor? Me pregunto al enterarme de la trágica consecución del amor malogrado entre Dido y Eneas. La historia es demasiado dramática: la gloria que espera a Eneas en la realización de su divino destino y la ridícula anulación de Dido por negarse a aceptar que no todo “se tiene a la mano”. Quizá, esta forma de condenarlos evidencia cómo llevo en la psiquis la expresión más viva de la Modernidad líquida: lo que no me place, se desecha. Hay que despreocuparse, porque seguramente, en la amplia gama de individuos que viven sobre la faz de la tierra y los tantos otros que atraviesan los tiempos eternamente, encuentre a alguien más con quien compartir lo que se me antoje. Sí, porque el amor o la compatibilidad —que en términos mercantiles, es mejor apuesta— no debe reducirse a solo un ente definido, ¿no? Esta mentalidad, socava la idealización de lo romántico-enloquecedor por lo que, figuradamente, se da la vida. Pero en mi cabeza sigue retumbando: Virgilio, ¿por qué Dido la ‘infelix’ y Eneas el gallardo?, y aun rabiosa, intento distraerme porque sé que debo ignorar los discursos en contra del patriarcado y el falocentrismo que alguna vez conocí por Fernando Mires y su revolución feminista. Mas, la amplitud de este eco se hace más fuerte, como si partiera del occipucio y respondiera: sigue siendo patético.

Creo que el problema radica en el estar convencida de que el ‘patetismo’ suele ser más que el adjetivo, el mantra de los burdos que se dejan arrastrar por las banalidades de compartir la saliva y los desánimos de la cotidianidad. Aún así, lo lírico de la narrativa y la épica del relato me levantan de la silla y hace que eleve los brazos mientras sin pudor alguno, leo en voz alta los versos de una de las historias-madre para vanagloriar los héroes. El héroe —y no la heroína— es el individuo invencible y despiadadamente cruel con los otros, pues encontrarse con el destino insigne requiere inhumana gallardía, y a las mujeres, pues nos gana el maternalismo o nos suicidamos por algún otro.

Pero me consuela saber que la poesía será siempre hermosa cuando prorrumpe vidas llenas de sombras y conoce solo de falsos amores. Es innegable, esos versos son de valor incalculable. Eso debe ser bien sabido y nos evitaríamos uno que otro suicidio pero también uno que otro clásico de la Literatura.

“Bonito día”

La vida está en el sol de las tardes, en el café de las mañanas y en la ternura de aquellos que no se aman. Las caminatas largas, las conversaciones triviales, las mentiras que nos asechan, el fin inevitable. ¿Qué compartimos? Un corto intervalo en el tiempo de nuestras vidas, jugando al afecto, llenando espacios lacerados por la realidad intangible del deseo indeseable de haber sufrido la falta de libertad con otros nuestros, ya nuestros otros. Nuestros otros, que aun pretenden que paguemos con nuestra libertad pecados que nunca gozamos.

La tarde quiso ser una perfecta, mas cuando el mundo es de papel y el horizonte una pared sin alcázares, las cartas silvestres deben quemarse.

Disfruto, compañero

La libertad de tu compañía, el café que compartimos y los fantasmas. La frase que todos dicen, pero no es de nadie. El éxito, el futuro y sus amenazas. Las cartas sin remitentes, peligrosas. Las sábanas que se quedan con pedacitos de ti. La muerte chiquita, y en hilo el alma que cae al abismo y se recoge en el beso que quema pero no nos confunde. 

Y tú, ¿ya te vas? No, ¿por qué te  vas?

IV

Quiero mostrarte cómo contener una pasión huracanada en un corazón de Murano. La búsqueda del ojo en llamas que da forma a la bola de cristal donde te miras, hará de tus pupilas dos esferas encolerizadas en caída libre hacia la embriaguez del beso narcótico. Quiero que te consuma la sed de beberse entero de un apretón y un respiro, y de tocarte, y no hacerlo en la escapada de las mordidas, las violentas caricias y el juego de cariños ingenuos, mal intencionado pero exquisito. Y me miras, me miras contenerme, pero en la contención de este ciclón ardiente, nos fundimos: se entrelazan, no los dedos con los que te sujeto en el intento de no serenarme, sino los deseos de reventarte en espejos y seguirte mirándome encendiéndome de delirio.

Eso quiero.

Rant 1

¿Qué hago? ¿Qué estoy haciendo?

Me parece, ¿qué me parece? ¿Escribir como pienso? Sería difundir caos donde quiera que pise. Mostrar tanto amor bajo el ejercicio inquebrantable y el precio inevitable de odiar y ser odiada. Tengo un corazón remendado y ando agujereando otros buscando tejidos con los que pueda arreglar las suturas temporeras. A veces son tan pero tan molestas y estoy tan absorta que decido arrancar cada punto como las musarañas en su punitiva condición de roedores voraces; royendo, masticando incansablemente hasta encontrar el cacho de veneno que las ultima. Voracidad por ultimar el sufrimiento de padecer la hambruna del alma: mi espontaneidad suicida… Instintiva.

Ando buscando, mediante la ciencia más pura, las razones, para justificar los problemas, más que para descubrir soluciones. ¿Acaso es la forma correcta de andar en busca de resultados razonables? “Vivir atormentada de sentido”, definitivamente la parte más pesada. Debo dejar de cavilar, de embriagarme extasiándome entre la llaneza de las letras y comenzar a narrar qué ocurre, que está ocurriendo.

En otros rostros me he reencontrado, todo este tiempo había desistido de ser quien deseaba, ¿o en realidad ahora estoy comenzando a desistir? “Tus traiciones, mis enigmas”. Definitivamente, las traiciones –las tuyas- siembran nuestros más temidos, oscuros e indescifrables entresijos. Debo dejar de cavilar y comenzar a narrar. Abandonar el ejercicio de planificar y comenzar a actuar, así lo percibo.

¿Por qué? Porque necesito desistir del desvelo de no poder escribir, reescribir, recordar, resentir lo vivido para comenzar a desvelarme escribiendo, enfrentando a esa otra que no miro cuando doy la espalda al espejo. No para ti. Para mí. Lo que yo quiero. Lo que me venga en gana, como me dé la gana, en mi registro y no precisamente en el más exquisito. Comencemos a articular, las cavilaciones siempre serán más fáciles que el relato, que la puesta en palabra de lo ocurrido; de lo cuestionable, de lo dudosamente incierto por las perspectivas que divergen en la apreciación del asunto, el asunto nuestro. Debo desistir de cavilar, desistir de la espontaneidad suicida que asesina mis deseos de mantener los pies sobre este mundo sanguinario. Cavilar me aparta de lo concreto, se nutre despegándose de la realidad que estamos obligados a compartir y me arrincona a la real  que solo comparto a voluntad con quienes odio y embeleso a morir.

Los derrotados (1956) de César Andreu Iglesias

“Se les acepta como cosa que tanto molesta, algo así como se padece a las moscas, que en todo lugar se cuelan”.

Monserrate sobre su negación a participar.

Aclarado una vez más, cómo debe realizarse una reseña, he optado —por limitaciones de tiempo que requieren los demás deberes— hablar sobre la figura femenina en la novela. Quizá, hubiera escrito acerca los cuestionamientos de Marcos Vega sobre el heroísmo y la “historicidad” de sus actos. Pero, se discutirá particularmente, la figura femenina no como concepto que evidentemente fue trastocado por el machismo de la época, sino su importancia como figura que trae consigo consuelo, plenitud y hasta redención para todos quienes se le atribuye el heroísmo malogrado. Hay una gama completa en la representación de los personajes femeninos de la novela. Desde la mujer cándida y fiel al amor no correspondido hasta la más valiente, dispuesta a asumir las armas sin deseo de adulaciones banas. César Andreu Iglesias (1915-1976) despliega el comienzo de su obra maestra, Los derrotados (1956), con la presencia de Sandra, quien resentida por no poseer la total atención de su esposo, Marcos Vega, personifica la sumisión y cómo el deseo de la simpleza romántica raya en el conformismo; y al hablar de conformismo, entiéndase, la amargura de adaptarse y a su vez, permanecer estáticos ante los obvios atropellos de los cambios de época y la renuncia a las causas más nobles. Esto es posible evidenciarse en la constante búsqueda de atención mediante la lástima que emana de la bondad perenne.

A grandes rasgos, se le señala constantemente a todos estos personajes femeninos, su poca o ninguna capacidad para aportar a la causa, por diversas razones. Los hombres menosprecian la toma de iniciativa de las mujeres —representado únicamente con Monserrate— y paradójicamente, le reclaman su indiferencia por andar distraídas en lo que se le adjudica como sus responsabilidades —visto en casi todas las menciones de la esposa de Amado Pabón: “Su mujer no le esperaba hasta dentro de dos días. Y si lo esperaba, ¿qué? A estas alturas, debería estar acostumbrada a esperar. O mejor dicho a no esperar”.

A pesar de ser mujeres distintas Sandra, Ada, Manuela, doña Rosario, Rosita, la esposa de Amado Pabón, ya sea por su estatus económico o sus intereses generales, proyectados en sus constantes afanes: la atención del esposo, el escape de lo aburrido, mantener la casa, el sufrimiento por la pérdida de un hijo, la sororidad o la angustia de esperar al marido, su rol principal se circunda, desde la perspectiva de los hombres, en los pasatiempos banales que tocan por obligación, pues su capacidad tal parece que no da para más. Así es posible percibirlo cuando Francisco (Paco) Ramos al alegarse y mencionar cómo le agrada la “simpleza” de las conversaciones de Manuela sobre la casa o las ocurrencias de los hijos: “¿De qué más podía hablarle a Manuela? Si siempre, aun trabajando para él, se pasaba el tiempo pegada a la máquina de coser, y cuando en la cocina, a la tabla de lavar, a la plancha…”.

Mas, la representación de Delia dentro de la obra es interesante, a pesar de su fuga. Debemos señalar la constante mención que se realiza sobre su compromiso con el movimiento. Sin embargo, su compromiso solo consta de consolar y reconfortar a los verdaderos “protagonistas” de la causa, mediante el envío de cartas y los cuidados a los individuos que terminaron presos por los eventos de la “Revuelta del ‘50”. Por otro lado, si circunscribimos su personaje a las exigencias de la época, Delia rompe con el rol asignado/esperado al decidir abandonar el vivir en espera de los cariños de un hombre casado y comienza una nueva vida al unirse a la diáspora. Este hecho, me parece extremadamente significativo, pues a diferencia de Monserrate, —a quien Andreu Iglesias le otorga una de las intervenciones más épicas de la novela, y mire que son muchas— Delia se libera pero, lamentablemente, Monserrate no solo no reclama con mayor entereza su derecho a participar del evento “ápice”, sino que tal pareciese permanecer inerte, y ha de conformarse con ser el refugio, la figura reconfortante y fortalecedora de los “verdaderos protagonistas del movimiento”. Esta diferencia, me parece, sucede por alguna cuestión generacional.

Ahora bien, dirijámonos por completo a la trascendencia de la intervención de Monserrate en el momento en que se discute, precisamente la inercia y la ausente indignación del puertorriqueño: cosas que lo llevan a no tomar las armas, y armas interprétese de ambas maneras: real y figurativa. Monserrate ofrece una cátedra sobre la transformación de la identidad puertorriqueña al nombrar las cosas por su nombre, y precisamente al hacerlo, desbanca aquello que no permitía la unificación de los sectores y a lo que en esa conversación sobre la planificación del evento, se le atribuía como la causa principal de la no consolidación y perduración del movimiento. Monserrate insiste en que debían desistir de seguir llamándose jíbaros y dividirse en “los del campo o la ciudad” y comenzar a llamarse, hablarse e incluso sentirse como “puertorriqueños”. Debo mencionar que a lo largo del semestre en este curso, se han discutido varios textos que tocan o intentan establecer meridianamente, un concepto de identidad, basándose mayormente en la diferenciación a la cultura colonial. No obstante, podríamos decir, que el argumento de Monserrate es la primera afirmación o más bien, el intento más claro de reunir todos los sectores en un solo concepto identitario: el puertorriqueño. Concepto que en la actualidad, es decir 60 años más tarde, se ha visto nuevamente transformado.

Luego, se resigna a consolar al más joven del grupo, Manuel Camuñas, en sus nervios por la magnitud de la responsabilidad que se le había asignado. Y luego, Camuñas continúa arrojando evidencia sobre cómo las mujeres representan debilidad, pues, como bien se describe en la pág 199:

“No deseaba pensar más en Monse y en aquella despedida silenciosa. Aquel pensar se le cruzaba en su memoria con el recuerdo de su madre. ¡No deseaba recordar a su madre en esos momentos! También le asaltaba el recuerdo de Rosita. Menos aún quería recordar a Rosita, que se le aparecía como una radiosa tentación…”.

¿Tentación de que? ¿De abandonar la misión y sentirse como un héroe arruinado? Ignoren el cinismo, pero ni hablar sobre el trato de Reimundo con doña Petra, ni de la insinuación de que los hombres afeminados realizan mejor labor doméstica. Ni del “quien tenga miedo, que se ponga faldas” que salió a relucir en la reunión de la Unión discutiendo las cuestiones de la huelga de los obreros. Tampoco hablemos del orgullo lacerado de Paco Ramos al pensar que “era lo más que le dolía, volver y hallar a su mujer frente a la máquina, sosteniendo todo el peso del hogar”. Pero, como se mencionó al comienzo, la trastocación por el machismo de la época.

Finalmente, haré una serie de comentarios. Me perturbó cómo se violenta a las mujeres en el intento de su cosificación representado en la escena donde se intenta violar a Delia y su constante alusión al desprecio de los hombres, que como insiste doña María Encarnación: “son tan pocos delicados”.

Asimismo, Federico maltrata a Antonia y la “corta”. Pero, peor fue la indiferencia de las demás mujeres por aquel suceso. Tal pareció que asentían el acto, pues ese era el destino de mujeres como Toña Rodríguez. Sin embargo, Delia afronta sus circunstancias de manera distinta a pesar de la muerte de su madre, su incidente con el amigo de su padre, su constante alusión al odio que sentía por los hombres. Fue curioso, como Andreu Iglesias, contrapone el misticismo contra las personalidades rebeldes, pues alega que Delia decidió por no unirse a la reclusión religiosa porque: “siempre vibraba en ella una rebeldía de nacimiento que no armonizaba con el misticismo”. Y en Delia recae la esperanza a la retoma de las armas pues:

“Sentía arder en su interior el orgullo, y se debatía sumida en la pugna por el amor y el odio. Odiaba el mal con pasión fanática y quiso pelear por el bien como aquellos obispos medievales, que primero que la cruz, empuñaban la espada”.

Al final, en la grandiosa y poco auténtica conversación entre Paco y Marcos, se reunifican nuevamente los conceptos discutidos con conclusiones que sugieren lo siguiente: la filosofía marxista debe convertirse en el motor de las luchas nacionalistas —debe promoverse que hombres y mujeres participen en la lucha proletaria y así aprendan, pues “la patria es un edificio en construcción”.  Finalmente, intenta reivindicar los grupos marginados respondiendo a agendas políticas: se intenta difuminar el desprecio a los obreros y las mujeres, al colocarlos irónicamente como quienes terminan representando raciocinio y más importante aún, brindando esperanza a todos.

Me parece imperdonable que esta obra no sea texto asignado entre las escuelas superiores del país. Está hilvanada de manera magistral, donde todo detalle aporta y el grado de épica suele ser más elevado a medida que avanza la trama. El final es inesperado, pero bien lo supo manejar pues amortigua la posible devastación que puede sentir el lector ante la tan mala suerte de todo ese heroísmo malogrado.
Intento de reseña sobre la figura femenina y su rol en la causa, visto desde las voces masculinas de la novela para la clase de Nacionalismo y literatura puertorriqueña. Diciembre 2015.